Mostrando entradas con la etiqueta San Agustín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Agustín. Mostrar todas las entradas
jueves, 23 de diciembre de 2021
jueves, 18 de noviembre de 2021
viernes, 7 de mayo de 2021
viernes, 23 de abril de 2021
domingo, 4 de abril de 2021
lunes, 24 de agosto de 2020
La fe de María
agosto 24, 2020
San Agustín,
(Sermón
72 A, 3, 7-8)
Mientras
hablaba a las turbas, su madre y sus hermanos estaban fuera, queriendo hablar
con Él. Alguien se lo indicó, diciendo: mira, tu Madre y tus hermanos están
fuera, quieren hablar contigo. Y Él dijo: ¿quién es mi madre y quiénes son
mis hermanos? Y extendiendo la mano sobre sus discípulos, repuso: éstos son mi
madre y mis hermanos. Todo aquel que hiciere la voluntad de mi Padre, que está
en los cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre (/Mt/12/46-50/Agustin).
¿Por
qué Cristo desdeñó piadosamente a su Madre? No se trataba de una madre
cualquiera, sino de una Madre virgen. María, en efecto, recibió el don de la
fecundidad sin menoscabo de su integridad: fue virgen al concebir, en el parto y
perpetuamente. Sin embargo, el Señor relegó a una Madre tan excelente para que
el afecto materno no le impidiera realizar la obra comenzada.
¿Qué hacía Cristo? Evangelizaba a las gentes, destruía al hombre viejo y edificaba uno nuevo, libertaba a las almas, desencadenaba a los presos, iluminaba las inteligencias oscurecidas, realizaba toda clase de obras buenas. Todo su ser se abrasaba en tan santa empresa. Y en ese momento le anunciaron el afecto de la carne. Ya oísteis lo que respondió, ¿para qué voy a repetirlo? Estén atentas las madres, para que con su cariño no dificulten las obras buenas de sus hijos. Y si pretenden impedirlas o ponen obstáculos para retrasar lo que no pueden anular, sean despreciadas por sus hijos. Más aún, me atrevo a decir que sean desdeñadas, desdeñadas por piedad. Si la Virgen María fue tratada así, ¿por qué ha de enojarse la mujer —casada o viuda—, cuando su hijo, dispuesto a obrar el bien, la desprecie? Me dirás: entonces, ¿comparas a mi hijo con Cristo? Y te respondo: No, no lo comparo con Cristo, ni a ti con María. Cristo no condenó el afecto materno, pero mostró con su ejemplo sublime que se debe postergar a la propia madre para realizar la obra de Dios (...).
¿Acaso
la Virgen María -elegida para que de Ella nos naciera la salvación y creada
por Cristo antes de que Cristo fuese en Ella creado-, no cumplía la voluntad
del Padre? Sin duda la cumplió, y perfectamente. Santa María, que por la fe
creyó y concibió, tuvo en más ser discípula de Cristo que Madre de Cristo.
Recibió mayores dichas como discípula que como Madre.
María era ya bienaventurada antes de dar a luz, porque llevaba en su seno al Maestro. Mira si no es cierto lo que digo. Al ver al Señor que caminaba entre la multitud y hacía milagros, una mujer exclamó: ¡bienaventurado el vientre que te llevó! (Lc 11, 27). Pero el Señor, para que no buscáramos la felicidad en la carne, ¿qué responde?: bienaventurados, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 1 I, 28). Luego María es bienaventurada porque oyó la palabra de Dios y la guardó: conservó la verdad en la mente mejor que la carne en su seno. Cristo es Verdad, Cristo es Carne. Cristo Verdad estaba en el alma de María, Cristo Carne se encerraba en su seno; pero lo que se encuentra en el alma es mejor que lo que se concibe en el vientre.
María
es Santísima y Bienaventurada. Sin embargo, la Iglesia es más perfecta que la
Virgen María. ¿Por qué? Porque María es una porción de la Iglesia, un
miembro santo, excelente, supereminente, pero al fin miembro de un cuerpo
entero. El Señor es la Cabeza, y el Cristo total es Cabeza y cuerpo. ¿Qué
diré entonces? Nuestra Cabeza es divina: tenemos a Dios como Cabeza.
Vosotros, carísimos, también sois miembros de Cristo, sois cuerpo de Cristo. Ved cómo sois lo que Él dijo: he aquí mi madre y mis hermanos (Mt 12, 49). ¿Cómo seréis madre de Cristo? El Señor mismo nos responde: todo el que escucha y hace la Voluntad de mi Padre, que está en los cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mt 12, 50). Mirad, entiendo lo de hermano y lo de hermana, porque única es la herencia; y descubro en estas palabras la misericordia de Cristo: siendo el Unigénito, quiso que fuéramos herederos del Padre, coherederos con Él. Su herencia es tal, que no puede disminuir aunque participe de ella una muchedumbre. Entiendo, pues, que somos hermanos de Cristo, y que las mujeres santas y fieles son hermanas suyas. Pero ¿cómo podemos interpretar que también somos madres de Cristo? ¿Me atreveré a decir que lo somos? Sí, me atrevo a decirlo. Si antes afirmé que sois hermanos de Cristo, ¿cómo no voy a afirmar ahora que sois su madre?, ¿acaso podría negar las palabras de Cristo?
Sabemos
que la Iglesia es Esposa de Cristo, y también, aunque sea más difícil de
entender, que es su Madre. La Virgen María se adelantó como tipo de la
Iglesia. ¿Por qué—os pregunto—es María Madre de Cristo, sino porque dio a
luz a los miembros de Cristo? Y a vosotros, miembros de Cristo, ¿quién os ha
dado a luz? Oigo la voz de vuestro corazón: La Madre Iglesia! Semejante a
María, esta Madre santa y honrada, al mismo tiempo da a luz y es virgen.
Vosotros
mismos sois prueba de lo primero: habéis nacido de Ella, al igual que Cristo,
de quien sois miembros. De su virginidad no me faltarán testimonios divinos.
Adelántate al pueblo, bienaventurado Pablo, y sírveme de testigo. Alza la voz
para decir lo que quiero afirmar: os he desposado con un varón, presentándoos
como virgen casta ante Cristo; pero temo que así como la serpiente sedujo a Eva
con su astucia, así también pierdan vuestras mentes la castidad que está en
Cristo Jesús (2 Cor 1 I, 2-3). Conservad, pues, la virginidad en vuestras
almas, que es la integridad de la fe católica. Allí donde Eva fue corrompida
por la palabra de la serpiente, allí debe ser virgen la Iglesia con la gracia
del Omnipotente.
Por
lo tanto, los miembros de Cristo den a luz en la mente, como María alumbró a
Cristo en su seno, permaneciendo virgen. De ese modo seréis madres de Cristo.
Ese parentesco no os debe extrañar ni repugnar: fuisteis hijos, sed también
madres. Al ser bautizados, nacisteis como miembros de Cristo, fuisteis hijos de
la Madre. Traed ahora al lavatorio del Bautismo a los que podáis; y así como
fuisteis hijos por vuestro nacimiento, podréis ser madres de Cristo conduciendo
a los que van a renacer.
*
* * * *
Continue Reading
jueves, 20 de agosto de 2020
Vivir la pureza en todos los estados
agosto 20, 2020
Educación,
San Agustín,
Santidad,
Vivir
la pureza en todos los estados CASTIDAD/AGUSTIN (Sermón 132)
Según
hemos oído, al leerse el Santo Evangelio, Nuestro Señor Jesucristo nos exhorta
a comer su carne y a beber su sangre (cfr. Jn 6, 56 ss), ofreciéndonos por ello
la vida eterna. No todos los que oísteis estas palabras las habréis
comprendido. Los que ya habéis sido bautizados, y sois fieles, conocéis su
significado. Los que todavía sois catecúmenos, y os llamáis auditores,
habéis escuchado la lectura quizá sin entenderla. A unos y otros se dirige
nuestro sermón. Los que ya comen la carne del Señor y beben su sangre, mediten
lo que comen y beben, no sea que—como dice el Apóstol-- coman y beban su
propia condenación (cfr. 1 Cor 11, 29). Los que todavía no comen ni beben,
apresúrense a venir a este banquete, al cual han sido invitados (...).
Si
deben ser exhortados los catecúmenos, hermanos míos, para que no se demoren en
venir a la gracia de la regeneración, ¡cuánto más cuidado hemos de poner en
edificar a los fieles para que les aproveche lo que comen, y no coman y beban su
propio juicio cuando se acercan al banquete eucarístico! Para que no les suceda
eso, lleven una vida recta. Sed predicadores no con sermones, sino con vuestras
buenas costumbres, a fin de que, los que aun no han sido bautizados, se
apresuren de tal manera a seguiros que no perezcan imitándoos. 242
Los
que estáis casados, guardad la fe conyugal a vuestras mujeres, y dadles lo que
de ellas exigís. Exiges de tu mujer que sea casta; pues tú tienes obligación
de darle ejemplo, no palabras. Mira bien cómo te comportas, pues eres la cabeza
y estás obligado a caminar por donde ella pueda ir sin peligro de perderse.
Más aún: tienes obligación de recorrer la senda por donde quieres que ande
ella. Exiges fortaleza al sexo menos fuerte, y los dos tenéis la concupiscencia
de la carne: pues el que se considera más fuerte, sea el primero en vencer.
Sin
embargo, es muy de lamentar que muchos maridos sean superados por sus mujeres.
Guardan ellas la castidad que ellos se niegan a mantener, pensando que la
virilidad reside precisamente en no guardarla como si fuera más fuerte el sexo
que más fácilmente es dominado por el enemigo. ¡Es preciso luchar, combatir,
pelear! El varón es más fuerte que la mujer, es la cabeza de ella (cfr. Ef 5,
23). Lucha y vence ella, ¿y sucumbes tú ante el enemigo? ¿Queda el cuerpo de
pie, y rueda la cabeza por el suelo?
Los
que todavía sois solteros, y os acercáis a la mesa del Señor, y
¿Te es acaso imposible la pureza que reclamas en ella? Si fuera imposible para ti, también lo sería para ella. Pero, si ella puede ser pura, con su pureza te enseña lo que tienes obligación de ser. Ella puede porque la guía Dios. Además, más gloriosa sería la virtud en ti que en ella. ¿Sabes por qué? Porque ella está bajo la vigilancia de sus padres y la misma vergüenza de su sexo la contiene; porque teme las leyes que tú atropellas. Luego si tú hicieras lo que ella hace, serías más digno de alabanza, porque sería prueba clara de que temes a Dios. Ella tiene muchas cosas que temer además de Dios; pero tú sólo temes a Dios.
El
que tú temes es mayor que todos y es preciso que se le tema en público y en
privado. Sales de tu casa, y te ve; entras, y te ve también. No importa que
tengas la casa iluminada o que la tengas a oscuras: te ve. Es lo mismo que
entres en tu dormitorio o en el interior de tu propio corazón, porque no
podrás sustraerte a sus miradas. Teme, por tanto, al que te ve siempre; témele
y sé casto, al menos por eso. Pero si deseas pecar, busca —si puedes—un
sitio donde Dios no te vea, y entonces haz lo que quieras.
En
cuanto a los que habéis decidido guardaros totalmente para Dios, castigad
vuestro cuerpo con más rigor y no soltéis el freno a la concupiscencia ni
siquiera en las cosas que os están permitidas. No basta con que os abstengáis
de relaciones ilícitas, sino que incluso habéis de renunciar a las miradas
lícitas. Tanto si sois hombres como si sois mujeres, acordaos siempre de llevar
sobre la tierra una vida semejante a la de los ángeles. Los ángeles no se
casan ni son dados en matrimonio, y así seremos todos después de la
resurrección (cfr. Mt 22, 30). ¿Cuánto mejores sois vosotros, que comenzáis
a ser antes de la muerte aquello que serán los hombres después de resucitar?
Sed
fieles en el estado de vida que tengáis, para recibir a su tiempo la recompensa
que Dios tiene reservada a cada uno. La resurrección de los muertos ha sido
comparada a las estrellas del cielo. Las estrellas—dice el Apóstol—brillan
de distinta manera unas que otras. Así sucederá en la resurrección de los
muertos (I Cor 15, 41). Una será la luz de la virginidad, otra la de la
castidad conyugal, otra la de la santa viudez. Lucirán de distintos modos, pero
todas estarán allí. No será idéntico el resplandor, pero será común la
gloria eterna.
Meditad seriamente en vuestra condición, guardad vuestros deberes de estado con fidelidad, y acercaos confiadamente a la carne y a la sangre del Señor. El que no sea como tiene obligación de ser, que no se acerque. ¡Ojalá sirvan mis palabras para excitaros al arrepentimiento! Alégrense los que saben guardar para su cónyuge lo que de su cónyuge exigen; alégrense los que saben guardar castidad perfecta, si así lo han prometido a Dios. Sin embargo, otros se contristan cuando me oyen decir: que no se acerquen a recibir el pan del cielo los que se niegan a ser castos. Yo no quisiera tener que decir esto, pero ¿qué voy a hacer? ¿he de callar la verdad por temor a los hombres? Porque esos siervos no teman a su Señor, ¿no habré de temerle yo tampoco? Pues está escrito: tenías obligación de dar y sabías que yo era exigente (cfr. Mt 25, 26).
Ya he
dado, Señor y Dios mio; he entregado tu dinero en presencia tuya y de tus
ángeles y de todo el pueblo, pues temo tu santo juicio. He dado lo que me
mandaste dar; exige tú lo que tienes derecho a recibir. Aunque yo me calle, has
de hacer lo que conviene a tu justicia. Mas permite que te diga: he distribuido
tus riquezas; ahora te suplico que conviertas los corazones y perdones a los
pecadores. Haz que sean castos los que han sido impúdicos, para que en
compañía de ellos pueda yo alegrarme delante de Ti, cuando vengas a juzgar.
¿Os
agrada esto, hermanos míos? Pues que sea ésta vuestra voluntad. Todos los que
no vivís limpiamente, enmendaos ahora, mientras aún estáis sobre la tierra.
Yo puedo deciros lo que Dios me manda comunicaros; pero a los impuros que
perseveren en su maldad, no podré librarlos del juicio y de la condenación de
Dios.
*
* * * *
Continue Reading
miércoles, 19 de agosto de 2020
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Designed By: Blogger Templates | Templatelib


